MÉTODOS PARACIENTÍFICOS
Julio 11, 2008
Hace ya unos años que es popular un puñado de series de temática pseudoparanormal de las que Dresden es sólo la última manifestación. Probablemente la cosa empezó como algún tipo de vulgarización de “Expediente X” o algo así. Igual que encontrar el origen de los virus devoradores de carne, seguir el árbol genealógico de estas aberraciones es complicado.
Se pueden, eso sí, enumerar:
Embrujadas, Medium, Entre Fantasmas, Sobrenatural, Dresden y, de algún modo tangencial y un pelín más gamberro, Reaper, Buffy Cazavampiros y Ángel. Alguna me dejaré en el tintero, pero bastan para encontrar puntos en común. Por ejemplo, todas se centran en una especie de refrito de figuras mitológicas tradicionales sacadas de un puñado de culturas distintas. Se coge un nombre con resonancias más o menos ancestrales, digamos Leprechaun, Banshee o Wendigo, se convierte en una versión bastarda de la imagen estereotipada que se preserva de la leyenda en cuestión y se decora con una hojita de menta.
Como todo esto requiere de normas precisas para poder engarzarlo en una narración, el siguiente paso es barruntar una serie sencilla de reglas que se apliquen al engendro en cuestión y, como el tiempo para la exposición en la tele es limitado, las normas suelen venir convenientemente apuntadas en un “Manual de instrucciones de los sobrenatural (TM)”. El origen de estos textos me fascina. Siempre provienen de algún antepasado y siempre están llenos de información útil y aparentemente arbitraria sobre cómo destruir los bichejos más improbables. Una duda práctica es cuántos Wendigos hay en el mundo, exactamente, porque estos manuales siempre hablan en cantidades indeterminadas. Por ejemplo, dirían “Para destruir a UN Wendigo”, no “AL Wendigo”, como si los Wendigos pululasen a sus anchas por la estepa y los turistas se comprasen un gorro de pescador y unos prismáticos y saliesen a otear Wendigos los fines de semana. Semejantes compendios de sabiduría paracientífica amateur por fuerza tienen que haber sido elaborados por métodos de ensayo y error cuyas consecuencias deben de haber sido muy dolorosas para el autor.
Lo frustrante de la combinación de esos dos elementos es que reducen la fantasía a un proceso innecesariamente empírico. Mezcla esquirlas de azabache, zarpa de mandrágora risueña y polvo de amor deshidratado y tienes una poción de un color decepcionantemente violeta que destruye brujas malas. El pensamiento mágico bien construido tiene una lógica interna, pero no funciona de forma tan chabacana. Es la diferencia entre Hellblazer, el cómic, y Constantine, la… ¿película? Se trata de tener la justificación retorcidamente subconsciente para la magia, no de meter los pies en una palangana mientras se acaricia a un gatito. La magia es un asunto de principios, no de reglas, y los creadores que no distinguen entre ambas cosas probablemente deberían abstenerse de tomar parte en abyectos crímenes contra la sobrenaturaleza.
Evitando ponerme demasiado negativo (¿Tarde? ¿Sí? Vaya.), hay gente que lo hace bien. Neil Gaiman es el gran líder de todo lo mágico, por supuesto, y los engranajes que mueven sus cómics y sus guiones (La Máscara Espejo, Stardust, Beowulf, Neverwhere) tienen formas inquietantes, pero la ciencia ficción retro de Russel T. Davies, el creador de Queer as Folk (la original inglesa, no el remake americano) son una aproximación bastante satisfactoria, ya sea el nuevo Doctor Who, la versión más oscura de Torchwood o las aventuras en familia a lo Johnny Quest de The Sarah Jane Adventures. Incluso “Expediente X”, potencial causante originario del problema, era un ejemplo más que digno de cómo organizar lo fantástico para que siga siendo fantástico y no caiga al nivel de juegos infantiles de patio de colegio.
Lo que sí es un páramo es el territorio patrio ¿Para cuándo un investigador de lo oculto en castellano nativo? Ya nos hemos atrevido con médicos y policías. Es cuestión de no esperar otros diez años para abrir un nuevo género. Y no, Iker Jiménez no cuenta.
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