EL TESTER QUE SURGIÓ DEL FRÍO
Agosto 14, 2008
Erm… estoy en Canadá.
Sí, también es algo complicado de asimilar para mí. Sé que se supone que deberíamos tener algún post sobre un videojuego nuevo o algún estreno en cartelera pero es lo que hay. Intentaré convertir mi viaje a otro continente en una gesta digna de una película de Roland Emmerich… No, olvidad eso, casi prefiero que sea aburrida.
La verdad es que no sé muy bien por donde empezar. Podría decir que ha sido mi pasión por los videojuegos o un coagulo en mi cerebro lo que me ha hecho venir hasta aquí. Pero no, no es así. La verdad es que ha sido pura suerte. Suerte de encontrar un curro como “spanish linguistic tester” al otro lado del mundo. Si, te pagan por jugar a videojuegos. Y no, no es tan guay como parece.
Aún así, un cambio de aires nunca viene mal. Y de hecho se agradece teniendo en cuenta que en Madrid el calor está empezando a fundir el pavimento. Aquí las temperaturas apenas alcanzan los veinticinco grados ¿Las malas noticias? Que en invierno superan los treinta bajo cero. Y lo mejor de todo es que cuando lo mencionas aquí la gente te mira y sonríe. Tú también sonríes. Pero del miedo. Porque no sabías que existían esas temperaturas. O sea, quiero decir ¿Hay temperaturas más allá de dónde se acaba el termómetro? Porque me quedan un par de estaciones para descubrirlo.
Pero hablemos primero del sitio.
El lugar en cuestión es Saint Adèle, a una hora más o menos de Montreal. El sitio me encanta, la verdad. Es un pueblo muy tranquilo. Aterradoramente tranquilo, siendo sincero. Y no porque esté acostumbrado al bullicio de Madrid sino porque cuanto más lo miro más me recuerda una decena de películas con un paisaje semejante. Sí, tiene exactamente la pinta de ese pueblito tranquilo donde un día cualquiera los zombies deciden levantarse de sus tumbas o de ser el lugar escogido por vampiros milenarios para pasar sus vacaciones de verano. De hecho, no puedo evitar mirar desconfiado hacia los árboles, esperando que Stephen King se abalance sobre mí y devore mi corazón.
Bromas aparte, el sitio es genial. Y la gente también. Me han alojado temporalmente en una casa. Ni siquiera en una residencia, no. En una casa. Junto a un matrimonio adorable, la verdad. Es como vivir con Ángela Fletcher en Se ha Escrito un Crimen. O en un capítulo de las Chicas de Oro. En una de esas casas de roble en medio del bosque, con uno de esos porches tan clásicos en la entrada. Me encanta.
La otra cara de la moneda es todo lo que dejas atrás. Vale que es temporal y eso, pero aún así cuesta separarte de la familia y de tus amigos. No es lo mismo estar a una llamada de distancia que todo un océano. Cuesta, no sé cómo explicarlo. Supongo que en el fondo soy un sentimental.
Y eso es más o menos lo que me ha pasado hasta ahora. Pero no os preocupéis porque tendré bastante tiempo para seguir hablando del tema. Un año para ser exactos, que es lo que dura mi contrato.
A no ser que decidan despedirme antes. O que el Sasquatch decida comerme…
Frozen Román
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